Huida
Es como si desapareciera,
poco a poco, en una blanda agonía.
Como si todos los soles del mundo
no lograran levantarme,
como si muriera.
Imaginarios fríos me recorren,
mi cabeza se cansa,
se empaña la transparencia de mis ojos,
escribo sin pudor, incierta,
no sé si tú lo sabes,
no puede ser que no lo sepas.
Pasan los años, el rastro queda,
el miedo, el mismo miedo,
pareciera que realmente estoy perdida,
voy y vuelvo,
vuelvo y me colmo de sonrisas.
A veces creo, me parece verte,
acudo a tu llamado.
Nada, el vacío.
Yo no sabía, todo era nuevo
y mi sembrar reluciente.
Se enredaba el juego, una esperanza,
la primavera, el invierno,
en medio del patio yo con trenzas,
zoquetes blancos
y un renacimiento entero.
¿Cómo quieres que comprendan
si no lo han vivido?
¿lo comprendes tú?
Ésta pena que se arraiga con tu ausencia
¿cómo quieres que la entiendan?
De mi casa me mudaron
sin preguntarme siquiera,
se me hizo largo el camino de zarza y tierra,
se me hizo sombra la tarde,
el grito quedó,
sordo, estremecido.
¿Adónde vas madre?
A buscar hambre.
¿Qué me traes madre?
Calla niño que tengo prisa.
Déjame enlazarte
que el sol ya brilla,
y... quema.
Un rebaño se aleja maleta en mano,
una lucha que se ausenta
para seguir luchando.
Nadie me espera, tú no me esperas,
no le encuentro sentido a esta vida mía
que ya no es mía ni tuya,
como si desapareciera
¿lo comprendes?
EXILIO
En un gemido evoco las montañas,
en un gemido les pedí compasión.
Esas enormes alturas sí saben,
vieron como se los llevaban
para aniquilarlos,
como los llamaban uno a uno
para destrozarlos
hasta vencer sus fortalezas,
hasta terminar con sus lealtades
y con sus ambiciones,
...se los llevaron.
Les mostraron el humo de los pasillos,
sus gritos se transformaron en ecos.
Se escribieron en diarios y revistas.
Algunos se fueron con sus maletas
de cuero usado,
con sus ternos grises
de invierno.
Incansables esperaron
en las filas de los aeropuertos,
se convirtieron en tumulto.
Sus cuerpos comenzaron
a oler a destierro,
judíos, españoles, chilenos.
Olor a paquetes olvidados,
a empanadas añejas,
palabras repetidas,
Llanto de niños abandonados.
Yo también comencé
a impregnarme.
Me preguntaron el apellido
y casi se me olvidó
a fuerza de deletrearlo.
Llené papeles interminables,
interpelé a mis hijos,
los hice sentarse
al final de una escalera
de cemento, en silencio,
les dije que un autobús pequeñito
vendría por ellos,
que no olvidaran sus cuadernos,
apenas alcancé a pasarles
la mano por el pelo.
Y ellos lloraron, suplicaron,
me pidieron volver.
Les enseñé a ser fuertes,
a cerrar los puños,
aprendieron sus nombres completos,
su dirección y número de teléfono.
“Si alguien les habla, no contesten”.
“Si alguien los ataca, se defienden”.
No pasar, está prohibido.
Los mataron.
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