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LIZ DURAND GOYTIA (VERACRUZ, MÉXICO)

lizdurand@yahoo.com.mx

 

Escritora y artista plástica. Nació en Orizaba, Veracruz. Ha publicado en revistas y periódicos dentro y fuera del país y trabajado como reportera, además de ser editora. Como poeta ha participado en encuentros de poesía en Cuba, Costa Rica, Alemania y varios estados de la república mexicana.

Está antologada en México, Uruguay y Berlín, y parte de su obra ha sido traducida al portugués, alemán y hebreo.

Ha sido parte de organizaciones de encuentros de poesía organizando uno en Costa Rica.

Ha participado en numerosas lecturas literarias en radiodifusoras y televisoras nacionales y extranjeras, así como en espacios culturales. Tiene publicados los poemarios Caja de colores, Cincelar el tiempo y Alrededores de silencio. Reside en Montererey, N.L.

Acércame tu boca

 

Acércame tu boca, la mirra de tu aliento.

tanto precisa el beso mi agonía

que mis ajados pétalos

buscan tu sol en la mañana.

 

Regresa

     príncipe

           mi niño

vuelve hacia mí

las copas de tus manos.

 

Mójame con el verde

que parpadea en tus ojos

con el rocío que cuelga

de tus yemas

con esa única miel que se levanta

cuando aparece el alba.


Es un lugar la noche

 

Es un lugar la noche  amor

donde los sueños pastan

 

Es un lugar la noche

donde tus manos prenden

a mi cuerpo

piel de nube

fuego

beso

Es un lugar la noche

en que llegó primero

tu voz  y mi conciencia

a hacerte dueño

 

Es un lugar la noche

 

Niña niña

 

                        para mi hermana Rocío

 

Cuatro veces cuatro recordé tu sonrisa

Cada vez me miré en un espejo

niña de sol niña de leche niña

Me crucé en el azogue con el tiempo más viejo

encubridor de días de alegría

dibujos en cuadernos

burbujas en el agua

pájaros en la tarde

luciérnagas de noche

 

Cuatro veces cuatro te miro sin sonrisas

No quiero que se pierdan colores

de aquel sesenta y cinco en calendario

cuando a media mañana apareciste

toda rizos y llanto temblorosa

para llenar mis tardes sin muñecas

y enseñarme a ver crecer una semilla

 

Nada sino tu misma risa

le exigiría a la vida si pudiera

Que miraras feliz crecer tus frutos

y siguieras así niña de sol niña de leche niña


Del perdón

 

Alguien me preguntó si he perdonado.
¿Perdonar yo? No sé cómo,
ni qué debo perdonarte:
si la infeliz infancia sin asideros y con hambres,
o la desenraizada soledad que me tatuaste.
Si los dolores prematuros en el corazón
o las esperas tristes sin remedio.

Es que no sé si deba perdonar

–cuando era el tiempo de muñecas–
el abandono que me orilló a crecer
y me lanzó hacia el mundo.

Esos trabajos del perdón no los entiendo,
son cosa de los grandes y no me ocupo de eso.

 

Pero si debo perdonar que provocaras
cada tropiezo que me enseñó a volar,
cada maltrato que me ayudó a buscarme,
cada improperio que me obligó a ser digna
por el instinto de llevarte la contraria
y debo perdonar que hayas causado
que sea yo ésta que se acepta y quiere,
entonces, papá, se acabaría el silencio:
tendría que admitir que he perdonado.