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LAS
TRES LLUVIAS
Busco
en mi memoria y te encuentro, Luz Marina, sentada al borde de
mi cama, en nuestra habitación de la Plata. Tus manos me
han despertado y me preguntas al oído:
-¿Sientes
cómo llueve? ¿Salgamos a dar una vuelta?
Dimos
muchas vueltas, Luz Marina, bajo la lluvia o bajo el sol. Esos
fueron nuestros mejores años, los años de la Facultad.
Compartíamos no sólo el cuarto: sueños, aburrimiento,
hambre. Y a veces, cuando llegaba tu cheque, o el mío.
pizza con una botella de vino.
Aún
no se fue la imagen de la lluvia rebotando en tu paraguas azul.
El tiempo no apagó el eco de nuestros pasos sobre la alfombra
lila del parque. Lila, luz Marina, de ese lila que sólo
tienen las flores que caen del jacarandá.
Ahí
estás, en mi memoria, chaqueta blanca, manos hábiles
y pequeñas, practicando en el hospital. Y estamos en la
playa, las dos juntas frente al mar. No importa que sólo
nos queden dos salchichas para comer. Veo la plaza, los naranjos,
la fuente y la catedral. Mis recuerdos se impregnan del aroma
de las magnolias y de los tilos. Tú y yo sentadas en un
banco hablamos sin parar, como dos cotorras. ¿Qué
los novios nos han dejado? Ya aparecerá algo mejor. ¿que
estás enojada? Yo espero, segura de que pronto se te pasará
el enojo. ¿Que está de mal humor y no te hablo?
También eso se irá y estallaremos las dos en una
gran risa que se me va también como se van las imágenes.
Ya no estamos en la misma ciudad, ni en nuestra habitación.
Regresaste a tu país y yo al mío.
No
quise escribirte cuando leí la noticia en los periódicos.
Me dije simplemente que aquello no podía ser real; pero
después la televisión mostró, sin evasivas
los hechos. Me aferré entonces a la idea que siempre tuve
de ti: inquieta, incapaz de permanecer demasiado tiempo en un
mismo sitio, y le escribí pidiendo noticias tuyas a tu
hermano, el que vive en Bogotá. Hoy, tras larga espera,
recibí la respuesta. ¿Sabes qué hice? Busqué
la postal que me envió tu madre en Año Nuevo, hace
tres años. La tenía guardada con la ruana, el muñequito,
el joyero y otras cosas que tú me regalaste. Me puse a
mirar la postal deseando que en ella se hubiese detenido el tiempo.
Como buscándote.
Llueve
esta tarde, Luz Marina, y saldré a dar un paseo. Mañana
es Navidad. Mientras camino bajo la lluvia, pienso en ti. Ahora
da lo mismo que llueva aquí o allá. Pienso que estás
a mi lado y la vista se me empaña. La lluvia, esta lluvia
que baja por mis cabellos, resbala por mi frente y se mezcla con
esa otra lluvia que nace de mis ojos.
-¿Escuchas
cómo llueve? ¿Salgamos a dar una vuelta?
Y
te imagino, Luz Marina, corriendo por las calles de Armero, bajo
una lluvia de fuego.
…………………………………
•
Blanca Elena Paz. Teorema. Editorial LiteraViva, Santa Cruz, Bolivia.
1995.
DESTINOS
Vi
cómo cerraba la reja al salir. Pasé por su lado.
Desde la calle continuó despidiéndose de sus niños
que jugaban en el jardín.
Apresuré
el paso. A una cuadra de allí, ambas debíamos abordar
el autobús de las ocho. En otras oportunidades, cuando
yo llegaba a la parada, encontraba que ella era la primera en
la fila.
Un
vehículo se acercaba. Velozmente atravesé la carretera,
que a esa hora del día era extremadamente transitada. A
mis espaldas también la escuché correr.
El
chirrido de los frenos, aún retumba en mi cerebro. Me encontré
temblando en la acera, al lado del parador. Lo que de ella quedaba
yacía en la calzada. Decidí faltar al trabajo y
regresar a casa.
Al
pasar frente a su reja, miré a través de los barrotes.
Los niños jugaban en el jardín.
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•
Blanca Elena Paz. Teorema. Editorial LiteraViva, Santa Cruz, Bolivia.
1995.
SIMETRÍA
Para
Haydée Vargas
Amiga
y compañera
Omar,
nuestro hermano, parece no verla. Mamá pasa por su lado
sin reparar en ella. Sin embargo. Alba está ahí.
Yo la miro, sonrío y guardo silencio. Cuando mamá
u Omar me sorprenden hablando con Alba, se enfadan. Mi madre acaba
de retirar de la pared el retrato de papá y sale de la
casa con Omar; harán enmarcar la fotografía nuevamente.
-Alba,
-le digo a mi hermana-, ¿piensas en papá?
-Sí,
Aurora, pienso en él.
Recuerdo
que la noche en que murió papá nos prohibieron salir
de nuestro cuarto. Teníamos miedo. Comenzamos a llorar.
Papá entonces, vino a vernos. Dijo que tenía que
hacer un largo viaje. Cuando le contamos a mamá que nuestro
padre se despidió de ambas, se enojó mucho. Nos
advirtió sobre eso de andar por ahí inventando cosas.
-Alba,
papá no hubiera dudado de nosotras.
-No,
claro que no Aurora.
Cuando
murió abuelita se repitió la escena; nos encerraron
y advirtieron que no debíamos salir de nuestro dormitorio.
Alba me propuso huir por la ventana. Y así lo hicimos.
Abuelita estaba en el jardín, tejiendo en la oscuridad.
“No se necesita luz para tejer”, explicó y nos dio un beso.
Dijo que estaba tejiéndose un chal porque tenía
que viajar. ¡Abuelita va a viajar! Irrumpimos, gritando
a dúo, en el salón. Y callamos, porque abuelita,
entre candelabros y flores, estaba en su ataúd dormida.
-Alba,
-(le hago una señal para que guarde silencio)- parece que
mamá se ha desanimado de ir a la vidriería.
-Mamá
sube por la escalera. Escucho sus pasos. Me acerco a la ventana
y miro. Omar está en el auto. Trata de encenderlo y no
puede. Alba, que ha descendido velozmente, ya está sentada
a su lado, pero, como de costumbre, Omar no la ve. Desde la ventana
le hago señas y ella me responde con morisquetas. Nuestro
hermano sale del auto y levanta el capó. Vuelve a la casa
en busca de herramientas, para nuevamente dirigirse al vehículo.
Trata ahora de arreglar el motor. Había prometido llevarme
de paseo y no ha cumplido su promesa. Alba imita sus gestos. Omar,
prueba otra vez: no enciende. Sale y llama a un vecino. Empujan
el auto hasta la calle, para encenderlo aprovechando la pendiente.
Mi hermano, se desanima y regresa a la casa. Alba ríe y
me contagia. Omar está furioso. Me escucha reír.
-¡Mamá,
Aurora, está hablando nuevamente sola!
-Déjala
tranquila, hijo. Recuerda que está delicada.
-¿Enferma
yo? Nunca me he sentido mejor. Pienso que Omar quiere que me lleven
al médico. Me vigila todo el tiempo.
Me
gusta mi nombre, Aurora. Alba y Aurora quieren decir lo mismo.
Mamá quería que nos llamemos Mariana y Ana María.
Papá quería algo simétrico; como Alis y Sila,
por ejemplo. Después de mucho discutir, nos quedamos con
Alba y Aurora. Cuando Alba salía a jugar por los alrededores
y yo me quedaba en casa, tenía que decirle, al regresar,
todo lo que había hecho.
-Te
has bañado en la fuente.
-Sí.
-porque yo sentía en los pies ese estremecimiento que produce
el agua cuando Alba se metía en la fuente.
-Al
siguiente día, era yo quien salía a jugar.
-Has
comido manzanas.
-Sí.
-porque Alba sentía el sabor de las manzanas cuando yo
las mordía.
Cuando
Alba se enfermó y la llevaron a la clínica, me quedé
sola en la casa. Nadie hablaba en voz alta.
-Es
mejor, - me dijo un día mi madre-, que te vayas al campo.
Fueron
los días más tristes de mi vida. Todo, de improviso,
perdió interés para mi. Ni siquiera el atardecer,
cuando los pájaros regresaban a sus nidos y cantaban, llamaba
mi atención. Era Alba quien sabía distinguir el
canto de cada uno. Un día, sentada en el corredor, escuchando
los trinos, sentí a mis espaldas la voz de Alba.
-Es
un jilguero. -Me dijo.
Y
todo volvió a ser como había sido antes. Corríamos
por los potreros, jugábamos a las escondidas y algunas
veces, cuando nos dejaban solas, trepábamos a un árbol.
Cuando
ambas regresamos del campo, mamá y Omar esperaban en la
puerta de la casa. Nunca los había visto tan serios. Me
llevaron a la sala y mamá se sentó a mi lado. Me
abrazó y me besó.
-Aurora,
- me dijo-, Alba ha muerto.
Lloré,
pero no por la muerte de mi hermana. No podía llorar por
alguien que nos observaba desde el umbral. Lloré por mamá
que estando tan triste, me enterneció con su llanto. A
los pocos días, Omar me sorprendió cuchicheando
con Alba. Enseguida le dijo a mamá que yo estaba hablando
sola. Me llevaron al médico y empezaron las tabletas, las
inyecciones, y ese peregrinaje por consultorios, donde otros médicos
volvían a hacerme las mismas preguntas. Parecía
que todos se hubiesen puesto de acuerdo en un sólo propósito:
que me olvidara de Alba, cosa que era imposible. Hasta cuando
me obligaban a dormir Alba reaparecía en mis sueños.
Omar me vigilaba tenazmente. Estaba, eso es lo que yo pensé,
celoso porque mi hermana sólo conversaba conmigo. La única
persona que parecía no preocuparse por mis charlas con
Alba, era Rosa, la empleada. Aparentemente, los diálogos
le resultaban divertidos. Me miraba y reía. Reía
y se encerraba en la cocina. Alba y yo comprendimos que Rosa se
estaba burlando de nosotras. No le permitíamos intervenir
en nuestra conversación, y se reía. Tenemos que
darle una lección, me dijo Alba, y yo acepté.
Alba
y yo estábamos de acuerdo en todo, menos en los colores.
A ella le gustaba el azul y a mi el rojo. Mamá que nos
confundía frecuentemente, dejó que Alba tuviera
el cabello largo. Al mío, en cambio, me lo hacía
recortar regularmente.
-Aurora,
-me dijo mi hermana-, ponte tu vestido rojo y ve a decirle a Rosa
que la necesito.
Cuando
rosa, cumpliendo mi instrucción, entró en nuestro
cuarto se encontró con Alba, vestida de azul y con el pelo
suelto. Salió corriendo de la habitación para irse
de la casa. Desde entonces, no hemos vuelto a tener empleada.
Parece
que, definitivamente, mamá y Omar se quedarán en
la casa. Cuando el auto no funciona es así. Mamá
detesta los taxis y mi hermano es un cómodo.
-Alba,
-le digo en voz baja a mi hermana-, quiero dar una vuelta por
el barrio. Alba me propone salir por la ventana e ir de paseo
en el auto que está parqueado en la calle. Nos deslizamos
procurando no hacer ruido por la enredadera que baja hasta el
jardín. Omar ha dejado el auto con la llave de contacto
puesta. Alba se sienta al volante. Tengo miedo porque no sé
manejar, pero pienso que mi hermana sí sabe. Enciende el
motor y arranca. Bajamos por la pendiente a toda velocidad. Reflejado
en el espejo veo a Omar que desesperado gesticula y corre. Alba
presiona el acelerador y reímos.
-¡Aurora!
-¡Alba!
¡Qué
hermoso es estar juntas!
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Blanca Elena Paz. Teorema. Editorial LiteraViva, Santa Cruz, Bolivia.
1995. |