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e-mail: blancaelenapaz@hotmail.com

Nacida en Santa Cruz, Bolivia. Es médico veterinario con ejercicio en la docencia universitaria. Tiene publicados dos volúmenes de cuentos:

 Teorema (Edit. LiteraViva. Santa Cruz, Bolivia, 1995 y "Onir" ( Editorial "La Hoguera". Santa Cruz, Bolivia, 2002). Participa en  antologías internacionales y nacionales entre las que se menciona:“The Fat Man From La Paz (Seven Stories Press,  New York, september,  2000), Oblivion and Stone (The university of Arkansas Press. Fayetteville, 1998),“Fire from the Andes (University of  New México Press. Albuquerque, 1998), La otra mirada (Alfaguara-Extra. La Paz, Bolivia, 2000),“Antología del cuento femenino boliviano ( Los Amigos del Libro. La Paz, 1997),“Antología del cuento boliviano moderno  ( Acción, La Paz, 1995) y Taller del cuento nuevo” (Edit. Casa de la Cultura. Santa Cruz, Bolivia, 1986).

 

 

LAS TRES LLUVIAS

Busco en mi memoria y te encuentro, Luz Marina, sentada al borde de mi cama, en nuestra habitación de la Plata. Tus manos me han despertado y me preguntas al oído:

-¿Sientes cómo llueve? ¿Salgamos a dar una vuelta?

Dimos muchas vueltas, Luz Marina, bajo la lluvia o bajo el sol. Esos fueron nuestros mejores años, los años de la Facultad. Compartíamos no sólo el cuarto: sueños, aburrimiento, hambre. Y a veces, cuando llegaba tu cheque, o el mío. pizza con una botella de vino.

Aún no se fue la imagen de la lluvia rebotando en tu paraguas azul. El tiempo no apagó el eco de nuestros pasos sobre la alfombra lila del parque. Lila, luz Marina, de ese lila que sólo tienen las flores que caen del jacarandá.

Ahí estás, en mi memoria, chaqueta blanca, manos hábiles y pequeñas, practicando en el hospital. Y estamos en la playa, las dos juntas frente al mar. No importa que sólo nos queden dos salchichas para comer. Veo la plaza, los naranjos, la fuente y la catedral. Mis recuerdos se impregnan del aroma de las magnolias y de los tilos. Tú y yo sentadas en un banco hablamos sin parar, como dos cotorras. ¿Qué los novios nos han dejado? Ya aparecerá algo mejor. ¿que estás enojada? Yo espero, segura de que pronto se te pasará el enojo. ¿Que está de mal humor y no te hablo? También eso se irá y estallaremos las dos en una gran risa que se me va también como se van las imágenes. Ya no estamos en la misma ciudad, ni en nuestra habitación. Regresaste a tu país y yo al mío.

No quise escribirte cuando leí la noticia en los periódicos. Me dije simplemente que aquello no podía ser real; pero después la televisión mostró, sin evasivas los hechos. Me aferré entonces a la idea que siempre tuve de ti: inquieta, incapaz de permanecer demasiado tiempo en un mismo sitio, y le escribí pidiendo noticias tuyas a tu hermano, el que vive en Bogotá. Hoy, tras larga espera, recibí la respuesta. ¿Sabes qué hice? Busqué la postal que me envió tu madre en Año Nuevo, hace tres años. La tenía guardada con la ruana, el muñequito, el joyero y otras cosas que tú me regalaste. Me puse a mirar la postal deseando que en ella se hubiese detenido el tiempo. Como buscándote.

Llueve esta tarde, Luz Marina, y saldré a dar un paseo. Mañana es Navidad. Mientras camino bajo la lluvia, pienso en ti. Ahora da lo mismo que llueva aquí o allá. Pienso que estás a mi lado y la vista se me empaña. La lluvia, esta lluvia que baja por mis cabellos, resbala por mi frente y se mezcla con esa otra lluvia que nace de mis ojos.

-¿Escuchas cómo llueve? ¿Salgamos a dar una vuelta?

Y te imagino, Luz Marina, corriendo por las calles de Armero, bajo una lluvia de fuego.

…………………………………

• Blanca Elena Paz. Teorema. Editorial LiteraViva, Santa Cruz, Bolivia. 1995.

DESTINOS

Vi cómo cerraba la reja al salir. Pasé por su lado. Desde la calle continuó despidiéndose de sus niños que jugaban en el jardín.

Apresuré el paso. A una cuadra de allí, ambas debíamos abordar el autobús de las ocho. En otras oportunidades, cuando yo llegaba a la parada, encontraba que ella era la primera en la fila.

Un vehículo se acercaba. Velozmente atravesé la carretera, que a esa hora del día era extremadamente transitada. A mis espaldas también la escuché correr.

El chirrido de los frenos, aún retumba en mi cerebro. Me encontré temblando en la acera, al lado del parador. Lo que de ella quedaba yacía en la calzada. Decidí faltar al trabajo y regresar a casa.

Al pasar frente a su reja, miré a través de los barrotes. Los niños jugaban en el jardín.

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• Blanca Elena Paz. Teorema. Editorial LiteraViva, Santa Cruz, Bolivia. 1995.

SIMETRÍA

Para Haydée Vargas

Amiga y compañera

Omar, nuestro hermano, parece no verla. Mamá pasa por su lado sin reparar en ella. Sin embargo. Alba está ahí. Yo la miro, sonrío y guardo silencio. Cuando mamá u Omar me sorprenden hablando con Alba, se enfadan. Mi madre acaba de retirar de la pared el retrato de papá y sale de la casa con Omar; harán enmarcar la fotografía nuevamente.

-Alba, -le digo a mi hermana-, ¿piensas en papá?

-Sí, Aurora, pienso en él.

Recuerdo que la noche en que murió papá nos prohibieron salir de nuestro cuarto. Teníamos miedo. Comenzamos a llorar. Papá entonces, vino a vernos. Dijo que tenía que hacer un largo viaje. Cuando le contamos a mamá que nuestro padre se despidió de ambas, se enojó mucho. Nos advirtió sobre eso de andar por ahí inventando cosas.

-Alba, papá no hubiera dudado de nosotras.

-No, claro que no Aurora.

Cuando murió abuelita se repitió la escena; nos encerraron y advirtieron que no debíamos salir de nuestro dormitorio. Alba me propuso huir por la ventana. Y así lo hicimos. Abuelita estaba en el jardín, tejiendo en la oscuridad. “No se necesita luz para tejer”, explicó y nos dio un beso. Dijo que estaba tejiéndose un chal porque tenía que viajar. ¡Abuelita va a viajar! Irrumpimos, gritando a dúo, en el salón. Y callamos, porque abuelita, entre candelabros y flores, estaba en su ataúd dormida.

-Alba, -(le hago una señal para que guarde silencio)- parece que mamá se ha desanimado de ir a la vidriería.

-Mamá sube por la escalera. Escucho sus pasos. Me acerco a la ventana y miro. Omar está en el auto. Trata de encenderlo y no puede. Alba, que ha descendido velozmente, ya está sentada a su lado, pero, como de costumbre, Omar no la ve. Desde la ventana le hago señas y ella me responde con morisquetas. Nuestro hermano sale del auto y levanta el capó. Vuelve a la casa en busca de herramientas, para nuevamente dirigirse al vehículo. Trata ahora de arreglar el motor. Había prometido llevarme de paseo y no ha cumplido su promesa. Alba imita sus gestos. Omar, prueba otra vez: no enciende. Sale y llama a un vecino. Empujan el auto hasta la calle, para encenderlo aprovechando la pendiente. Mi hermano, se desanima y regresa a la casa. Alba ríe y me contagia. Omar está furioso. Me escucha reír.

-¡Mamá, Aurora, está hablando nuevamente sola!

-Déjala tranquila, hijo. Recuerda que está delicada.

-¿Enferma yo? Nunca me he sentido mejor. Pienso que Omar quiere que me lleven al médico. Me vigila todo el tiempo.

Me gusta mi nombre, Aurora. Alba y Aurora quieren decir lo mismo. Mamá quería que nos llamemos Mariana y Ana María. Papá quería algo simétrico; como Alis y Sila, por ejemplo. Después de mucho discutir, nos quedamos con Alba y Aurora. Cuando Alba salía a jugar por los alrededores y yo me quedaba en casa, tenía que decirle, al regresar, todo lo que había hecho.

-Te has bañado en la fuente.

-Sí. -porque yo sentía en los pies ese estremecimiento que produce el agua cuando Alba se metía en la fuente.

-Al siguiente día, era yo quien salía a jugar.

-Has comido manzanas.

-Sí. -porque Alba sentía el sabor de las manzanas cuando yo las mordía.

Cuando Alba se enfermó y la llevaron a la clínica, me quedé sola en la casa. Nadie hablaba en voz alta.

-Es mejor, - me dijo un día mi madre-, que te vayas al campo.

Fueron los días más tristes de mi vida. Todo, de improviso, perdió interés para mi. Ni siquiera el atardecer, cuando los pájaros regresaban a sus nidos y cantaban, llamaba mi atención. Era Alba quien sabía distinguir el canto de cada uno. Un día, sentada en el corredor, escuchando los trinos, sentí a mis espaldas la voz de Alba.

-Es un jilguero. -Me dijo.

Y todo volvió a ser como había sido antes. Corríamos por los potreros, jugábamos a las escondidas y algunas veces, cuando nos dejaban solas, trepábamos a un árbol.

Cuando ambas regresamos del campo, mamá y Omar esperaban en la puerta de la casa. Nunca los había visto tan serios. Me llevaron a la sala y mamá se sentó a mi lado. Me abrazó y me besó.

-Aurora, - me dijo-, Alba ha muerto.

Lloré, pero no por la muerte de mi hermana. No podía llorar por alguien que nos observaba desde el umbral. Lloré por mamá que estando tan triste, me enterneció con su llanto. A los pocos días, Omar me sorprendió cuchicheando con Alba. Enseguida le dijo a mamá que yo estaba hablando sola. Me llevaron al médico y empezaron las tabletas, las inyecciones, y ese peregrinaje por consultorios, donde otros médicos volvían a hacerme las mismas preguntas. Parecía que todos se hubiesen puesto de acuerdo en un sólo propósito: que me olvidara de Alba, cosa que era imposible. Hasta cuando me obligaban a dormir Alba reaparecía en mis sueños. Omar me vigilaba tenazmente. Estaba, eso es lo que yo pensé, celoso porque mi hermana sólo conversaba conmigo. La única persona que parecía no preocuparse por mis charlas con Alba, era Rosa, la empleada. Aparentemente, los diálogos le resultaban divertidos. Me miraba y reía. Reía y se encerraba en la cocina. Alba y yo comprendimos que Rosa se estaba burlando de nosotras. No le permitíamos intervenir en nuestra conversación, y se reía. Tenemos que darle una lección, me dijo Alba, y yo acepté.

Alba y yo estábamos de acuerdo en todo, menos en los colores. A ella le gustaba el azul y a mi el rojo. Mamá que nos confundía frecuentemente, dejó que Alba tuviera el cabello largo. Al mío, en cambio, me lo hacía recortar regularmente.

-Aurora, -me dijo mi hermana-, ponte tu vestido rojo y ve a decirle a Rosa que la necesito.

Cuando rosa, cumpliendo mi instrucción, entró en nuestro cuarto se encontró con Alba, vestida de azul y con el pelo suelto. Salió corriendo de la habitación para irse de la casa. Desde entonces, no hemos vuelto a tener empleada.

Parece que, definitivamente, mamá y Omar se quedarán en la casa. Cuando el auto no funciona es así. Mamá detesta los taxis y mi hermano es un cómodo.

-Alba, -le digo en voz baja a mi hermana-, quiero dar una vuelta por el barrio. Alba me propone salir por la ventana e ir de paseo en el auto que está parqueado en la calle. Nos deslizamos procurando no hacer ruido por la enredadera que baja hasta el jardín. Omar ha dejado el auto con la llave de contacto puesta. Alba se sienta al volante. Tengo miedo porque no sé manejar, pero pienso que mi hermana sí sabe. Enciende el motor y arranca. Bajamos por la pendiente a toda velocidad. Reflejado en el espejo veo a Omar que desesperado gesticula y corre. Alba presiona el acelerador y reímos.

-¡Aurora!

-¡Alba!

¡Qué hermoso es estar juntas!

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• Blanca Elena Paz. Teorema. Editorial LiteraViva, Santa Cruz, Bolivia. 1995.