|
De
pronto
Altivos
y sombríos
van
los señores que señalan con antigua y cultivada erudición cuál es
el rumbo.
La
manera elegante de caminar, con la frente alta,
deshonrosamente,
con
los hombros erguidos y algo de brillo simulado
en
la mirada.
Los
señores que señalan el rumbo
y
el modo de andar,
llevan
monóculos de todos los colores, se ufanan.
Enarbolan
su apariencia, los trajes de alpaca.
Y
jamás pisan los charcos.
Van
con cuidado.
No
distinguen con claridad
la
multitud que arrastra el paso y mira hacia abajo.
Mira
hacia abajo, la punta de sus pies,
una
moneda, rastros de néctar.
La
belleza derramada sobre los adoquines.
Los
señores altivos y sombríos
(hay
que reconocer),
tienen
un poco de miedo. Les tiembla levemente el pulso.
Los
hostiga alguna pesadilla,
imágenes
de tullidos, un verbo errado.
-
Una juventud que habían logrado olvidar -.
Para
colmo de males
durante
la noche sudan
y
en la pantalla del sueño no pueden ignorar
a
la masa de hombres tomados de la mano, en fila,
desfilando
por las calles.
Enormes
hileras de soldados silenciosos
que
con su intenso rumor de pasos caminan, caminan.
Cubren
ciudades enteras. Llegan hasta Chile,
Uruguay.
Llegan a todos los condados linderos.
Van
de la mano y caminan.
Caminan.
Y
todo el mapa abarrotado de gente
que
no permite circular a los señores de pergamino y epitafios.
El
rumor crece, crece.
Y
se expanden las filas.
Las
manos unidas, los responsos,
los
pies que gritan libertad,
las
ollas vacías (esas campanas que rugen
los
padre nuestro).
Las
manos unidas crecen, crecen.
Y
los diarios publican fotografías
de
esa inmensidad de hombres que miran al cielo
y
de pronto... se detienen.
Altivos
y sombríos
los
señores que señalan el rumbo van con cuidado y no distinguen.
Ahora
sienten el temblor numeroso del espanto.
Es
el miedo que avanza y los domina. Crece, crece.
Y
para colmo de males, ellos sudan.
Duda
sobre el destino del poeta
Tengo
un poema destrozándome las manos.
Una
fe que atraviesa mi piel
despedaza
los músculos.
Busca
estas venas.
Tengo
los pies pisando tierra encendida
y
un grito demorado en las llagas.
Me
pregunto si será eterno el tiempo del dolor.
Sospecho
el día en que se hará palabra,
el
día de la canción.
Entonces
cantaremos la sed, el sol,
la
fatiga y el hambre.
El
pueblo y su agonía.
Quién
sabe si conquistaré esa libertad...
Palabra
Eres
piedra inagotable
compañera
fatal que anuncia (presagiante y difusa)
la
hora de comenzar mi muerte.
Sólo
la hora de partir, no las alas.
Eres
mi secreto y la deseada condena.
La
circular huida temerosa hasta el encuentro.
Eres
también el corazón de la alegría.
La
vida que alcanzo y que devoro.
El
llanto que nadie ve.
La
desmesura.
Universo
de signos
“Eres
una lámpara de carne en la tormenta”
(Vicente
Huidobro)
Acerca
de este andar dubitativo y errante
alguien,
alguna vez, escribió o escribirá un poema.
Una
constelación de luces y fuego crepitando:
lámparas
encendidas de la carne
que
acudieron para inspirar la senda anterior
a
la rima y a cualquier verso. Fueron heridas extranjeras, exilios.
Sepulturas
no elegidas para los homenajes.
Una
ceguera, el mar violeta ahogado en caracolas,
aquella
locura.
Celdas
y dolores agudos han sido los testigos.
¿Quién
es capaz de nombrar en un fragmento a todo el hombre,
a
Dios y su misterio?
¿Quién
posee la clave en su combinación perfecta
para
la fragua del acero y el vuelo inapelable de las águilas?
Necesito
gritos para las guerras, lágrimas para el hambre.
Mordeduras
para todas las pérdidas.
Sigo
buscando un océano para Alfonsina y una Ginebra para mi amante.
También
anhelo una Isla Negra para escoltar su luto.
Cuántas
son las cosas que necesito para perdonar mi palabra.
Por
eso indago a la piedra para cincelar en el aire
mi
voluntad de letra.
Universo
de signos
de
una mujer que escribe en calma.
|