|
LA
SEÑORA DE LAS SOMBRAS
Desde pequeña lo sentí. Esa luz oscura vivía
en mi cuerpo, pero sobre todo en mi alma. No lo entendía.
Los demás eran diferentes, su luz era blanca, amarilla,
roja, azul. En mí brillaba un manto negro. Sí que
brillaba, más que las luces de los desgraciados.
Lo
asumí. Lo grité a quien quisiera escuchar: ¡soy
la Gran Señora de las Sombras!. Pero como suele pasar con
lo sublime y con lo extraño, vino el miedo y me encerraron.
Sin saberlo, me entregaron un reino propio, oscuro y húmedo.
La celda. Era mi castillo, digno de la majestad que reinaba en
él.
Desde
aquí he gobernado todo este tiempo. No se dan cuenta, creen
tener el control. La realidad es otra. ¡Soy su reina!, los
conduzco, mi oscuridad ha aniquilado sus luces y poco a poco se
convierten en lo que soy.
Ya
tengo dos súbditos: una rata que me visita de noche y el
perro del enfermero.
CALAS
Desde
niña le gustaron las calas, en el jardín de la abuela
abundaban. Ella les ponía a cada una un nombre de mujer.
Jugaban todas a ser amigas.
Hoy
en cada rincón de su casa hay una cala, todas tienen nombre
de mujer.
Todas
se llaman como ella.
SHERIE
Sonrisa
incompleta, medias negras caladas. Sherie lleva un bikini tanga
plateado. Ella no usa transparencias, sólo sirve café.
Cuando él entra al local lo besa, el pelo revolotea oxigenado,
los ojitos verdes, las pestañas infinitas.
¿cómo
estás?
¿cortado
o express?
¿azúcar
o sacarina?
Mueve
el tacón a la izquierda, conversa para lograr buena propina.
Cuando
la época está dura apenas saco unas monedas
Sherie
se arregla las medias. De reojo en el espejo limpia de rouge el
diente.
Adiós,
gracias.
Levanta
la taza y coge moneda a moneda, entre largas uñas rojas,
el pan para sus niños.
MELINDA
La distancia infartó el corazón de Melinda. La junta
médica declaró al tiempo su cardiólogo.
|